Villancico de Angeles
El Charango en Cusco
Milagro en el Perú
En el corazón de Cusco, donde si te fijas bien, cada piedra cuenta una historia inca y la Navidad se celebra entre villancicos andinos y olor a chocolate caliente, vivía Rocío Huamán, una joven músico que tocaba el charango en la Plaza de Armas.
Rocío había aprendido de su abuelo, un gran charanguista de Písac. Pero aquel diciembre no lograba componer nada nuevo para la Misa de Gallo, donde debía tocar antes de la procesión del Niño Manuelito. Su mente estaba bloqueada, y su corazón, inquieto.
El 24 por la mañana, decidió subir al Mirador de San Blas para inspirarse. Desde allí, el Cusco se extendía como un pesebre viviente: techos rojizos, calles empedradas, luces que se encendían poco a poco y los Apus vigilando desde la distancia.
De pronto, mientras caminaba, escuchó algo.
Se asomó con cautela.
Allí, sentado en una piedra, vio a un hombre anciano con poncho rojo, tejido con diseños de chakana. Tocaba un charango blanco, hecho de madera que parecía brillar sola.
—Disculpe… —dijo Rocío—. ¿Qué canción es esa?
El anciano sonrió con una serenidad profunda.
—No es una canción. Es un regalo.
—¿Para mí?
El anciano asintió.
—La Navidad no se celebra con las manos, sino con el corazón. Y el tuyo está cansado. Escucha… y toca.
Rocío sacó su charango. El anciano comenzó a tocar una melodía nueva, dulce y al mismo tiempo poderosa, como el viento bajando del Apu Ausangate. Rocío intentó seguirlo… y algo dentro de ella despertó.
La música era tan hermosa que turistas, artesanos y hasta una pareja de policías se detuvieron a escuchar.
Cuando terminaron, Rocío sintió que el corazón le latía como un tambor.
—Gracias… maestrito —susurró.
En el suelo, donde él había estado sentado, quedó una sola cosa:
Una pluma blanca de cóndor.
Rocío la tomó con manos temblorosas.
—Parecía que los ángeles cantaban con ella.
Rocío sonrió, mirando la pluma guardada en su charango.

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