El Adorno Olvidado

 

 El Adorno Olvidado



La abuela Clara siempre decía que cada adorno en su árbol de Navidad tenía una historia, una chispa de un recuerdo que mantenía viva. Pero este año, Clara sentía que esas chispas se apagaban. Su nieto, Leo, de catorce años, estaba más interesado en su teléfono que en las viejas bolas de cristal o los ángeles de papel que ella había atesorado.

"Abuela, ¿no podemos poner un árbol de esos modernos? Con luces LED de un solo color", había sugerido Leo, con un bostezo, mientras ella intentaba desenredar una guirnalda.

Clara suspiró. Extrañaba los días en que Leo, de niño, se sentaba en el suelo, pidiéndole que le contara la historia de cada adorno mientras ella los colgaba.

El día de la decoración, la casa estaba inusualmente silenciosa. Leo estaba en su habitación, inmerso en su mundo digital. Clara, con sus manos temblorosas, colocaba con cuidado cada pieza, sintiendo el peso de la nostalgia. De repente, su mano chocó con algo en el fondo de la caja más vieja, una caja que no había abierto en años.

Era una pequeña bola de cristal, algo opaca y con la pintura un poco descascarada. Dentro, se distinguía una diminuta casita nevada, con un muñeco de nieve en miniatura. Clara no recordaba ese adorno. No era llamativo, no brillaba como los demás, pero algo en él la intrigó.

Lo sostuvo, intentando recordar. Fue entonces cuando Leo, atraído por el silencio prolongado de su abuela, asomó la cabeza por la puerta.

"¿Todo bien, abuela?", preguntó, dejando el teléfono a un lado por un momento.

"Sí, cariño", respondió ella, con la voz suave. "Solo... no recuerdo este. ¿Lo reconoces?"

Leo se acercó y tomó el adorno con cuidado. Lo miró fijamente. "¡Sí! ¡Claro que sí, abuela! Es el que hiciste tú. Cuando era pequeño, te pedí una casa de nieve para el árbol, y tú me ayudaste a pegar las cositas dentro. Papá tuvo que ayudarte con el pegamento fuerte."

Clara parpadeó. Una ola de recuerdos la invadió. Había olvidado por completo ese día. Leo tenía apenas cinco años, y juntos habían pasado una tarde entera creando esa diminuta escena dentro de la bola de cristal. Habían reído mucho con el pegamento.

"¿De verdad?", susurró Clara, sus ojos brillando.

"Sí. Y siempre decíamos que era la casita de Santa para sus ayudantes, en caso de que se perdieran en una tormenta de nieve", añadió Leo, una sonrisa genuina asomando en su rostro, la misma sonrisa que tenía de niño.

Clara tomó el adorno y lo colocó con reverencia en la rama central del árbol, el lugar de honor. No era el más brillante, ni el más caro, pero era el adorno más especial de todos. Por fin recordó por qué: era el único que habían hecho juntos.

Esa tarde, Leo no volvió a su teléfono. Se sentó junto a su abuela, ayudándola a colgar los adornos restantes y, sí, pidiéndole que le contara las historias. No solo de los adornos viejos, sino también de esa casita de nieve hecha con amor.

Clara se dio cuenta de que no importaba si los adornos eran antiguos o modernos, o si la tecnología avanzaba. El verdadero espíritu de la Navidad no estaba en el brillo de las luces o el costo de los regalos, sino en los recuerdos compartidos y en la conexión inquebrantable que el amor familiar tejía, adorno por adorno, año tras año.

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