La Mujer de Sueter Rojo. Milagro de Navidad

 

La Casa Número 17

En el pequeño pueblo de Evergreen Hills, famoso por sus casitas de madera cubiertas de nieve y por su enorme árbol de Navidad en la plaza central, vivía William Harper, un hombre de cincuenta años que había perdido a su esposa hacía tres inviernos. Desde entonces, la Navidad, que antes llenaba su casa de música y olor a galletas, se había vuelto silenciosa, como un reloj sin cuerda.

Sus hijos, Emily y Jack, vivían en otras ciudades. Aunque lo llamaban siempre, William encontraba excusas para no visitarlos.
—Estoy bien, de verdad —les repetía.
Pero la verdad era que la soledad pesaba más que la nieve acumulada en su techo.

La Nochebuena llegó envuelta en un viento helado. William encendió la chimenea y se preparó para otra cena en silencio. Pero justo cuando se sentó, escuchó un golpe en la puerta.

Al abrir, vio a una joven empapada de nieve, con una bufanda verde y los ojos llenos de angustia.

—¿Es usted el señor Harper? Soy Lily Roberts. Trabajaba en el café de la esquina. Mi hermano pequeño… Ethan… ha desaparecido. Salió a buscar nuestro perro hace una hora y no ha vuelto. La policía dice que quizá se refugió en alguna casa, pero no lo encuentran.

A William se le heló el pecho. Recordó cuando su propio hijo Jack, con siete años, se había perdido brevemente en un bosque.
Con voz calmada, dijo:

—Abríguese. Voy a buscarlo. No debería estar sola en este frío.

Armado con una linterna, salió a la tormenta. La nieve caía con una intensidad que hacía difícil ver a dos metros. Caminó calle por calle, llamando:

—¡Ethan! ¡Ethan, muchacho!

Nadie respondía.

Al llegar al final de la calle Maple Street, notó algo extraño: en una vieja casa abandonada, la número 17, había una luz encendida en la ventana del ático.
Ese lugar llevaba años vacío, sin electricidad.
William sintió un estremecimiento.



Se acercó. La puerta estaba entreabierta, y en el interior había un silencio casi sagrado. La luz del ático parpadeaba como la llama de una vela.

—¿Ethan? —llamó, subiendo las escaleras lentamente.

Cuando abrió la puerta del ático, encontró al niño sentado sobre una manta, con el perro acurrucado a su lado.
Pero eso no fue lo sorprendente.

Lo sorprendente fue la mujer sentada junto a él: una señora de unos setenta años, cabello plateado y sonrisa cálida.
Llevaba un suéter rojo bordado con pequeños renos.

—Lo encontré llorando en la nieve —dijo la mujer—. Lo traje aquí para calentarlo.

William sintió un nudo en la garganta. Esa voz… esa sonrisa…
Era imposible.
Esa mujer se parecía demasiado a Margaret, su esposa fallecida.

Demasiado.

—¿Quién… quién es usted? —balbuceó.

La mujer lo miró con ternura, como si lo hubiera estado esperando.

—Alguien que no deja solos a los que ama.

Antes de que William pudiera acercarse, la mujer se levantó, acarició al niño y dijo:

—Ya es hora de que vuelvas con tu hermana, Ethan.

Luego miró a William una última vez.

—Y es hora de que tú vuelvas a vivir.

La luz parpadeó con fuerza.
William se llevó la mano a los ojos para cubrirse del resplandor…
y cuando los abrió, la mujer había desaparecido.

Solo quedaba el niño, el perro… y un suave aroma a vainilla, el mismo que su esposa usaba cada Navidad.

William llevó a Ethan de regreso a su hermana.
Lily lo abrazó llorando.

—¿Cómo lo encontró? —preguntó entre sollozos.

William dudó, mirando la nieve caer.

—Digamos… que alguien nos guió.

Esa noche, después de años de silencio, William llamó a sus hijos.
Les dijo que iría a visitarlos.
Les dijo que los extrañaba.
Les dijo, por fin, que necesitaba compañía.

Y cuando colgó, el viento de la montaña pareció traer una risa suave, femenina, llena de amor.

La casa número 17 volvió a quedar oscura.
Pero en Evergreen Hills se cuenta que, cada Navidad, una mujer de suéter rojo aparece para guiar a quien más lo necesite.

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