La Mujer de Sueter Rojo. Milagro de Navidad
La Casa Número 17
En el pequeño pueblo de Evergreen Hills, famoso por sus casitas de madera cubiertas de nieve y por su enorme árbol de Navidad en la plaza central, vivía William Harper, un hombre de cincuenta años que había perdido a su esposa hacía tres inviernos. Desde entonces, la Navidad, que antes llenaba su casa de música y olor a galletas, se había vuelto silenciosa, como un reloj sin cuerda.
La Nochebuena llegó envuelta en un viento helado. William encendió la chimenea y se preparó para otra cena en silencio. Pero justo cuando se sentó, escuchó un golpe en la puerta.
Al abrir, vio a una joven empapada de nieve, con una bufanda verde y los ojos llenos de angustia.
—¿Es usted el señor Harper? Soy Lily Roberts. Trabajaba en el café de la esquina. Mi hermano pequeño… Ethan… ha desaparecido. Salió a buscar nuestro perro hace una hora y no ha vuelto. La policía dice que quizá se refugió en alguna casa, pero no lo encuentran.
—Abríguese. Voy a buscarlo. No debería estar sola en este frío.
Armado con una linterna, salió a la tormenta. La nieve caía con una intensidad que hacía difícil ver a dos metros. Caminó calle por calle, llamando:
—¡Ethan! ¡Ethan, muchacho!
Nadie respondía.
Se acercó. La puerta estaba entreabierta, y en el interior había un silencio casi sagrado. La luz del ático parpadeaba como la llama de una vela.
—¿Ethan? —llamó, subiendo las escaleras lentamente.
—Lo encontré llorando en la nieve —dijo la mujer—. Lo traje aquí para calentarlo.
Demasiado.
—¿Quién… quién es usted? —balbuceó.
La mujer lo miró con ternura, como si lo hubiera estado esperando.
—Alguien que no deja solos a los que ama.
Antes de que William pudiera acercarse, la mujer se levantó, acarició al niño y dijo:
—Ya es hora de que vuelvas con tu hermana, Ethan.
Luego miró a William una última vez.
—Y es hora de que tú vuelvas a vivir.
La luz parpadeó con fuerza.
William se llevó la mano a los ojos para cubrirse del resplandor…
y cuando los abrió, la mujer había desaparecido.
Solo quedaba el niño, el perro… y un suave aroma a vainilla, el mismo que su esposa usaba cada Navidad.
William llevó a Ethan de regreso a su hermana.
Lily lo abrazó llorando.
—¿Cómo lo encontró? —preguntó entre sollozos.
William dudó, mirando la nieve caer.
—Digamos… que alguien nos guió.
Esa noche, después de años de silencio, William llamó a sus hijos.
Les dijo que iría a visitarlos.
Les dijo que los extrañaba.
Les dijo, por fin, que necesitaba compañía.
Y cuando colgó, el viento de la montaña pareció traer una risa suave, femenina, llena de amor.
La casa número 17 volvió a quedar oscura.
Pero en Evergreen Hills se cuenta que, cada Navidad, una mujer de suéter rojo aparece para guiar a quien más lo necesite.

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