El Mendigo de la Catedral. Milagro de Navidad
El Milagro del Mendigo Invisibile
En la ciudad vieja, en su centro histórico, donde las luces navideñas colgaban como constelaciones sobre las calles empedradas, vivía Luciano, un joven abogado que trabajaba demasiado y sonreía muy poco. La Navidad, para él, era solo ruido, compras y compromisos sociales incómodos.
La noche del 24 de diciembre salió tarde de la oficina. Caminaba con prisa, pensando en correos por responder, cuando vio a un mendigo en la puerta de la catedral, envuelto en mantas viejas. La gente pasaba de largo. Algunos desviaban la mirada. El viento era tan frío que dolía.
Luciano tampoco tenía intención de detenerse… hasta que el mendigo habló:
—Hijo, ¿podrías quedarte un instante?
—No tengo dinero ahora —dijo rápidamente.
El mendigo sonrió, y sus ojos brillaron de un modo que no encajaba con su aspecto.
—No te pedí dinero, hijo. Te pedí un instante.
Luciano respiró hondo y, por razones que no entendió, se sentó a su lado.
Durante un rato hablaron. O más bien, escuchó. El mendigo hablaba como si conociera el cansancio que Luciano escondía, las frustraciones que no confesaba, e incluso la soledad que él mismo negaba. Era imposible, pero cada palabra parecía decir justo lo que él necesitaba oír.
—Has llenado tu vida de ruido —dijo el mendigo—. Y Dios habla en el silencio.
Luciano sintió un nudo en la garganta.
—Hace mucho que no escucho nada —murmuró.
El mendigo le tomó la mano con sorprendente firmeza.
—Escucharás esta noche.
En ese momento, las campanas anunciaron la misa de medianoche.
—Debo irme —dijo Luciano, poniéndose de pie.
—Anda. Él te espera —respondió el mendigo.
Había una frase escrita con tinta dorada:
“Lo que hiciste conmigo, lo hiciste con Él. Feliz Navidad.”

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