Uni niño en Copacapana. Milagro de Navidad
La Estrella sobre Copacabana
Un Angel siempre aparece
Era 24 de diciembre en Río de Janeiro, y la ciudad brillaba como si la Navidad misma descendiera sobre ella. Las luces de los edificios se reflejaban en el mar, los niños corrían por la arena, y las familias se preparaban para la Cena de Navidad bajo palmeras adornadas con guirnaldas y luces de colores.
Esa tarde, su madre le pidió ir a comprar pan a una panadería cercana. Rafaela salió a regañadientes, caminando por la calzada ondulada en blanco y negro. Al acercarse a la playa, vio a un niño pequeño sentado solo sobre la arena.
Era morenito, de rizos apretados, con una camiseta del Flamengo y abrazando un peluche gastado.
—Hola… ¿estás bien? —preguntó Rafaela.
El niño levantó los ojos húmedos.
—Me… me perdí —dijo en voz baja—. Mi mamá entró a una tienda y… ya no la encontré.
—¿Cómo te llamas?
—Gabriel.
Rafaela sintió un escalofrío. Su abuela siempre decía: “Dios habla a través de los niños. Y los ángeles también.”
—No te preocupes, Gabriel. Vamos a buscar a tu mamá juntos.
Caminaron por la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, preguntando en tiendas, bares y kioscos. Nadie sabía nada. El sol comenzaba a caer sobre el mar, dando al cielo tonos rosados y dorados.
Gabriel apretó la mano de Rafaela.
—Mi abuela decía que Jesús nunca deja solo a un niño en Navidad.
De pronto, sobre la línea del mar, apareció una estrella enorme, dorada, brillante… demasiado luminosa para ser un avión o un dron. Parecía moverse lentamente hacia el Forte de Copacabana, como señalándoles un camino.
—¡Mira! —exclamó Gabriel—. ¡La estrella!
—¡GABRIEL! ¡HIJO! ¡POR DIOS!
La mujer lo abrazó entre sollozos.
—Te busqué por toda la playa… pensé que te había perdido para siempre…
Gabriel sonrió y señaló el cielo.
—La estrella nos ayudó.
Abrazó a Rafaela.
—Gracias, muchacha… no sé cómo agradecerte.
Gabriel la miró y dijo:
—Mi abuela decía que los ángeles vienen cuando alguien los necesita.
Rafaela sonrió con lágrimas en los ojos.
—La mía también.
Al regresar a casa con el pan, su madre la recibió sorprendida.
—Hija… ¿estabas llorando?
Rafaela miró hacia el mar, donde una ola rompía como si aplaudiera suavemente.
—Sí, mamá… es que la abuela pasó a visitarme hoy.

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