Uni niño en Copacapana. Milagro de Navidad

 

La Estrella sobre Copacabana

Un Angel siempre aparece

Era 24 de diciembre en Río de Janeiro, y la ciudad brillaba como si la Navidad misma descendiera sobre ella. Las luces de los edificios se reflejaban en el mar, los niños corrían por la arena, y las familias se preparaban para la Cena de Navidad bajo palmeras adornadas con guirnaldas y luces de colores.

En medio del bullicio de Copacabana, vivía Rafaela, una joven de 17 años que extrañaba profundamente a su abuela, Dona Marilda, fallecida meses atrás. Era ella quien siempre rezaba el rosario frente al mar, pidiendo paz para la familia. Esa sería su primera Navidad sin ella, y el corazón le pesaba.

Esa tarde, su madre le pidió ir a comprar pan a una panadería cercana. Rafaela salió a regañadientes, caminando por la calzada ondulada en blanco y negro. Al acercarse a la playa, vio a un niño pequeño sentado solo sobre la arena.



Era morenito, de rizos apretados, con una camiseta del Flamengo y abrazando un peluche gastado.

—Hola… ¿estás bien? —preguntó Rafaela.

El niño levantó los ojos húmedos.

—Me… me perdí —dijo en voz baja—. Mi mamá entró a una tienda y… ya no la encontré.

—¿Cómo te llamas?

Gabriel.

Rafaela sintió un escalofrío. Su abuela siempre decía: “Dios habla a través de los niños. Y los ángeles también.”

—No te preocupes, Gabriel. Vamos a buscar a tu mamá juntos.

Caminaron por la Avenida Nossa Senhora de Copacabana, preguntando en tiendas, bares y kioscos. Nadie sabía nada. El sol comenzaba a caer sobre el mar, dando al cielo tonos rosados y dorados.

Gabriel apretó la mano de Rafaela.

—Mi abuela decía que Jesús nunca deja solo a un niño en Navidad.

Rafaela parpadeó. Su propia abuela decía casi la misma frase.

De pronto, sobre la línea del mar, apareció una estrella enorme, dorada, brillante… demasiado luminosa para ser un avión o un dron. Parecía moverse lentamente hacia el Forte de Copacabana, como señalándoles un camino.

—¡Mira! —exclamó Gabriel—. ¡La estrella!

Sin saber por qué, Rafaela sintió paz. Una paz que había perdido desde la muerte de su abuela.

Siguieron la luz hasta el fuerte.
Y allí, junto a un puesto de cocos, una mujer lloraba desesperada.

—¡GABRIEL! ¡HIJO! ¡POR DIOS!

Gabriel corrió hacia ella.
—¡Mamá!

La mujer lo abrazó entre sollozos.

—Te busqué por toda la playa… pensé que te había perdido para siempre…

Gabriel sonrió y señaló el cielo.

—La estrella nos ayudó.

La madre levantó la vista… pero la luz ya no estaba. El cielo era oscuro, normal.

Abrazó a Rafaela.

—Gracias, muchacha… no sé cómo agradecerte.

Rafaela iba a responder cuando sintió que una brisa cálida, dulcísima, la envolvía.
Olía a agua de rosas. Exactamente al perfume que siempre usaba su abuela.

Gabriel la miró y dijo:

—Mi abuela decía que los ángeles vienen cuando alguien los necesita.

Rafaela sonrió con lágrimas en los ojos.

—La mía también.

Al regresar a casa con el pan, su madre la recibió sorprendida.

—Hija… ¿estabas llorando?

Rafaela miró hacia el mar, donde una ola rompía como si aplaudiera suavemente.

—Sí, mamá… es que la abuela pasó a visitarme hoy.

Y esa Navidad, con fuegos artificiales iluminando la arena y el Cristo Redentor brillando en la distancia, Rafaela comprendió que el amor —como las estrellas— nunca desaparece.
Solo cambia de forma para seguir guiándonos.

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