La Campana Milagrosa
El Campanero de Valparaíso
En el cerro Alegre de Valparaíso, donde las casas de colores cuelgan como cuadros sobre el mar, vivía Don Ricardo Muñoz, un antiguo profesor jubilado conocido por todos simplemente como el campanero. No porque trabajara en una iglesia, sino porque tenía una costumbre muy particular:
Decía que era en memoria de su esposa, Elena, fallecida diez años atrás.
—Ella amaba la Navidad —repetía siempre—. Y cuando suena la campana, siento que vuelve a casa.
La gente del cerro lo miraba con cariño, aunque algunos pensaban que su gesto era más nostalgia que fe. Pero a él no le importaba. Era su ritual.
Ese año, sin embargo, la Nochebuena llegó con un viento frío, más fuerte que de costumbre. Don Ricardo tenía problemas para caminar, su vista se estaba nublando y había empezado a olvidar cosas. Sus vecinos lo ayudaban cuando podían, pero él insistía en vivir solo.
La tarde del 24, mientras preparaba su pequeño pavo al horno, escuchó un golpe en la puerta.
Era Lucía, su vecina argentina que vivía un piso más abajo.
—Don Ricardo, ¿va a estar solo esta noche? —preguntó con preocupación.
—No se preocupe, mijita. No estoy tan solo como parece.
Lucía quiso invitarlo a cenar con su familia, pero Don Ricardo sonrió amablemente y dijo que tenía un compromiso importante en la azotea.
Cuando ella se fue, él tomó su bastón y subió lentamente los escalones de madera. Cada paso le dolía en las rodillas, pero seguía adelante.
Sacó la campana de bronce —la campana de su esposa— y la sostuvo con ambas manos.
Iba a hacerla sonar cuando una ráfaga de viento lo desequilibró. Don Ricardo cayó hacia atrás y quedó tendido en el suelo.
Trató de incorporarse, pero el dolor en la cadera le impedía moverse. La campana quedó a un metro de distancia.
—Elena… —susurró—. Parece que este año no voy a hacerla sonar.
Las luces del puerto comenzaron a verse borrosas. Una lágrima le cayó por la mejilla.
Entonces, escuchó algo.
Unos pasos suaves, acercándose.
—¿Se encuentra bien? —preguntó una voz femenina, dulce y conocida.
Don Ricardo abrió los ojos.
Frente a él estaba una mujer joven, con el cabello oscuro y una bufanda roja.
Pero no era Lucía.
Tampoco era alguien del cerro.
Era idéntica a Elena, tal como era cuando tenían treinta años.
—No puede ser… —murmuró él.
La mujer sonrió con ternura y lo ayudó a sentarse.
—Ricardo… siempre supe que no dejarías de tocarla.
Ella tomó la campana del suelo.
El viento dejó de soplar.
Las luces del puerto parecían detenerse un instante.
Y entonces, la mujer levantó la campana y la hizo sonar.
TI-LIN… TI-LIN… TI-LIN…
El sonido fue tan claro, tan puro, que todo el cerro lo escuchó.
La gente salió a mirar quién la hacía sonar con tanta fuerza.
Lucía, desde su balcón, se persignó con los ojos llenos de lágrimas.
Don Ricardo miró a la mujer.
—¿Elena… de verdad eres tú?
La mujer se inclinó y besó su frente.
—El amor no termina con la muerte. Solo cambia de forma.
Y al sonar la última campanada, el viento volvió a soplar.
Los bomberos y vecinos llegaron corriendo al escuchar el ruido y vieron a Don Ricardo sentado, sonriendo, la campana en las manos.
—Estoy bien —les dijo—. Y no estoy solo.

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