El Pequeño Pastor y la Luz en el Portal
El Pequeño Pastor y la Luz en el Portal
El pequeño Elías, de ocho años, estaba harto de la Nochebuena. Este año, su abuela no había podido armar el Belén familiar, una tradición que para él era lo más mágico de la Navidad. Ella estaba enferma y la casa, por primera vez, carecía de ese pequeño mundo en miniatura que narraba la historia del nacimiento. La frustración de Elías crecía con cada villancico que escuchaba por la radio, sonando vacío y sin sentido.
"No es lo mismo sin el portal, abuela", se quejó, mirando las cajas de figuras guardadas.
La abuela María, desde su sillón, sonrió débilmente. "Elías, el portal no es solo de madera y musgo. El portal está en tu corazón, esperando que lo construyas."
Elías no entendió. Quería el brillo, el Niño Jesús de porcelana, los Reyes Magos y los pastorcillos que siempre había colocado con tanto cuidado.
La noche del 24, mientras la familia cenaba con una alegría forzada, Elías salió al jardín. La luna llena iluminaba el camino cubierto de nieve. Se detuvo junto al pequeño cobertizo de madera donde su padre guardaba las herramientas. Por alguna razón, sintió un impulso de abrir la puerta.
Dentro, entre el olor a madera y tierra, vio un pequeño destello. En un rincón, iluminado por la luna que se colaba por una rendija, estaba una pequeña figura de Niño Jesús de madera, olvidada y sucia, que había pertenecido a su bisabuelo. No era la figura brillante de porcelana que solían poner en el Belén, sino una pieza rústica y sencilla.
Elías la recogió con cuidado. Al limpiarla con su manga, notó algo. Una pequeña inscripción apenas visible en la base: "Y la luz brilló en la oscuridad."
En ese momento, la voz de su abuela resonó en su mente: "El portal está en tu corazón".
Elías miró la figura. Y entonces, tuvo una idea. No era un Belén grande, pero podía ser su Belén.
Regresó a la sala con la figura en sus manos. La colocó en el centro de la mesa de café, que estaba vacía de adornos. Luego, tomó una pequeña linterna de juguete que tenía y la apuntó hacia la figura. Una luz suave, como la de una estrella, iluminó al Niño Jesús de madera.
"¿Qué haces, Elías?", preguntó su madre, sorprendida.
"Estoy construyendo el portal, mamá", respondió Elías, y sus ojos brillaban con una comprensión nueva.
Luego, con una voz clara y que capturó la atención de todos, empezó a contar la historia del nacimiento, no con las palabras aprendidas, sino con el sentimiento de su propio corazón. Describió a los pastores, a los ángeles, y a la estrella que guiaba a los Reyes Magos, como si los estuviera viendo en ese momento.
A medida que hablaba, los rostros de su familia se suavizaban. Sus padres se tomaron de la mano. La abuela María, desde su sillón, observaba a su nieto con una lágrima de alegría. Se dio cuenta de que Elías no solo estaba contando una historia; estaba creando el verdadero portal de la Navidad en ese hogar, uniendo los corazones de todos.
Esa noche, no hubo un Belén de porcelana, ni muchos adornos. Pero el espíritu de la Navidad llenó la casa como nunca antes. Elías había aprendido que el Niño Jesús no solo nace en un pesebre de Belén, sino cada vez que alguien comparte la historia de amor, fe y esperanza, encendiendo una pequeña luz en la oscuridad. Y esa luz, la que había encontrado en el pequeño cobertizo, era el regalo más grande de todos.

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