El Asiento Junto al Hogar
El Asiento Junto al Hogar
La casa de los García olía a canela, a pino y a los recuerdos inquebrantables de veinte Navidades pasadas. Las luces del árbol parpadeaban, lanzando destellos dorados sobre los rostros conocidos: tíos, primos, abuelos, todos apiñados alrededor de la larga mesa de caoba. Pero un asiento permanecía, obstinadamente, vacío. El que estaba justo al lado de la chimenea, donde el calor era más agradable, donde siempre se sentaba Andrés.
Andrés, el hijo mayor de Elena y Miguel, se había marchado hace diez años. No fue una huida dramática, sino un lento distanciamiento, una búsqueda de sí mismo que lo llevó lejos, a un continente diferente, y lo alejó de las llamadas, de las cartas, y finalmente, de las Navidades familiares. Cada año, Elena encendía una vela extra en Nochebuena, una llama silenciosa que ardía por su hijo ausente. Miguel, más estoico, simplemente colocaba un plato y unos cubiertos en ese sitio, como un eco de esperanza.
Esa Nochebuena en particular, la nieve caía suavemente, cubriendo el jardín con un manto blanco. La abuela había insistido en contar la historia de la primera Navidad en Belén, y los niños escuchaban fascinados. De repente, un golpe suave en la puerta interrumpió la narración. Todos se miraron, sorprendidos; no esperaban a nadie más.
Miguel se levantó, su corazón latiendo con una mezcla de anticipación y temor. Al abrir la puerta, la figura que se presentó estaba cubierta de copos de nieve, con la bufanda hasta la nariz y una mochila a la espalda. Pero los ojos... esos ojos verdes eran inconfundibles.
"Hola, papá", dijo una voz ronca, pero familiar.
Un silencio asombrado inundó la sala. Luego, un grito de alegría de Elena que hizo que se le cayeran las lágrimas. Andrés estaba allí, delgado y con algunas canas prematuras, pero allí.
Abrazos, sollozos y risas llenaron la casa. Los niños, que apenas lo conocían, lo miraban con curiosidad y asombro. "El primo Andrés regresó", susurró uno.
La abuela sonrió, y con una mirada cómplice a Miguel, señaló el asiento junto al hogar. "Mira, Andrés, tu lugar siempre ha estado guardado".
Andrés se sentó, el calor de la chimenea y el abrazo de su familia envolviéndolo. La cena supo más deliciosa, los villancicos sonaron más dulces, y las historias de la abuela, esa noche, tuvieron un significado más profundo. El asiento junto al hogar ya no estaba vacío. Y la luz extra que Elena encendía cada Navidad, por fin, ardía por un hogar completo.

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