La Caja de la Esperanza en Nochebuena

 

La Caja de la Esperanza en Nochebuena



La pequeña Elara miraba el calendario de Adviento, cada ventanita revelando un día menos para la Navidad, pero también la cruda realidad: este año, su hogar no olía a pino fresco ni a galletas de jengibre. Desde que papá había perdido su empleo en la fábrica, el brillo de las fiestas se había atenuado. Mamá intentaba sonreír, pero sus ojos cansados no podían ocultar la preocupación. No habría regalos bajo el árbol este año, ni siquiera un árbol.

La víspera de Nochebuena, mientras una ventisca helada golpeaba los cristales, Elara ayudaba a su madre a doblar la ropa limpia. Sacó una vieja caja de zapatos, de esas que guardaban recuerdos en el fondo del armario, y la abrió con un suspiro. Dentro, entre un par de calcetines de lana descoloridos, encontró algo inesperado: un sobre blanco, sin nombre.

Su corazón dio un brinco. Mamá, al ver su expresión, se acercó, y juntas abrieron el sobre. Dentro había un simple trozo de papel, y al desplegarlo, Elara vio números y una firma. Era un cheque. No una fortuna, pero lo suficiente. Lo suficiente para un pavo, para un pequeño árbol con luces parpadeantes, y quizás, solo quizás, para un muñeco de tela que había visto en la vitrina de la tienda.

No había remitente, ni una nota que explicara quién lo había enviado. Solo la certeza silenciosa de que alguien, en algún lugar, había pensado en ellos.

Esa noche, la diminuta sala se iluminó con el brillo tembloroso de un árbol que no era perfecto, pero que era suyo. El aroma del pavo horneado llenó el aire, y la risa de Elara al abrir su muñeco de tela fue el sonido más dulce que su madre había escuchado en meses.

Mientras Elara dormía, acurrucada con su nuevo juguete, la madre se sentó junto al árbol, con el cheque en la mano. No sabía quién había sido su "ángel" navideño, pero la lección estaba clara: en los momentos más oscuros, la bondad de un extraño puede encender la luz más brillante. Y al día siguiente, sabría exactamente qué hacer con lo que sobrara del cheque, para continuar esa cadena invisible de esperanza. Porque la Navidad, comprendió, no era solo recibir, sino sentir el calor de un corazón generoso.

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