El Árbol de Navidad Silencioso

 

El Árbol de Navidad Silencioso



La casa de los Morales solía vibrar con la Navidad. El aire se llenaba del aroma a tamales y ponche de frutas, y las risas de los primos competían con los villancicos. Pero desde la gran discusión entre los hermanos Marcos y Julia hace tres años, la casa había quedado en silencio. El orgullo los mantuvo alejados, dividiendo a la familia en dos. Los niños, antes inseparables, ahora solo se veían en la escuela.

Este año, la abuela Elena, una mujer sabia y con un espíritu inquebrantable, se había propuesto quebrar ese silencio. Había estado enferma, y la posibilidad de que fuera su última Navidad pesaba en el ambiente. Había enviado invitaciones a toda la familia, con una nota manuscrita: "Por favor, por mí, vengan todos. Este año, mi árbol no puede estar en silencio."

Marcos y Julia, aunque reacios, no pudieron negarse a su madre. Llegaron por separado, con sus familias, el 24 de diciembre. La sala estaba decorada, pero sin alegría. El árbol de Navidad, grande y frondoso, estaba allí, pero sin un solo adorno. Solo las luces parpadeaban, solitarias.

"¡Abuela!", exclamó la pequeña Ana, hija de Julia, al ver el árbol desnudo. "¿Por qué el árbol no tiene nada?"

La abuela Elena, sentada en su sillón favorito, sonrió con melancolía. "Este año, mis manos no tienen la fuerza para colgar los adornos, ni mi corazón para recordar todas sus historias." Miró a Marcos y Julia, que evitaban sus miradas. "Parece que mi árbol se ha quedado en silencio, como nuestra familia."

Se hizo un silencio incómodo. Los niños, sin entender del todo la tensión, miraban el árbol con tristeza. Siempre había sido el corazón de la Navidad en casa de la abuela.

Fue entonces cuando el pequeño Mateo, hijo de Marcos, se acercó al árbol. Tomó una caja de adornos de las que estaban al pie, y sacó una esfera plateada. "Abuela, ¿recuerdas la historia de esta? ¡Es la que te regaló mi papá cuando era pequeño!"

Marcos, sorprendido, levantó la vista. Julia, por su parte, observó a Ana, que ya había tomado otra caja y estaba examinando un pequeño pájaro de madera.

"Sí, cariño", dijo la abuela Elena, su voz más fuerte. "Ese pajarito me lo regaló tu mamá cuando se graduó del colegio."

Un hilo invisible, tejido con recuerdos, comenzó a unirlos. Los niños, ajenos a las viejas heridas, comenzaron a sacar los adornos, pidiéndole a la abuela las historias. Y poco a poco, Marcos y Julia se encontraron uno al lado del otro, recordando anécdotas de su infancia al ver los viejos adornos.

"¿Te acuerdas de cuando rompiste el duende de cerámica y le echaste la culpa a Juan?", susurró Julia a Marcos, señalando un pequeño duende remendado con pegamento. Una sonrisa, la primera en años, apareció en el rostro de Marcos.

A medida que el árbol se llenaba de colores y brillo, el silencio en la sala se transformó en un murmullo de voces, risas y el dulce sonido de las historias compartidas. Al final, el árbol estaba completo, más hermoso que nunca. Y el verdadero adorno que había llenado el espacio no era de cristal, sino la reconciliación.

La abuela Elena observó a sus hijos, ahora abrazados, y a sus nietos jugando juntos bajo el árbol. Su corazón se sintió ligero, y las luces del árbol no solo iluminaban la sala, sino también el futuro de su familia. El árbol ya no estaba en silencio; había vuelto a cantar.

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