El Deseo de Santa para Mamá y Papá

 

El Deseo de Santa para Mamá y Papá



Mi hermana pequeña, Sofía, siempre fue la alegría de nuestra casa. Pero la Navidad de mis diez años, esa alegría estaba opacada. Mamá y Papá llevaban meses discutiendo en voz baja; la tensión era palpable, como un resorte a punto de romperse.

Yo (tenía quince años) solo quería una videoconsola nueva. Sofía, con sus seis años, solo parecía querer que dejaran de pelear.

Llegó el día de visitar a Santa Claus en el centro comercial. Yo me senté rápidamente en el regazo del anciano barbudo y le susurré mi lista detallada de especificaciones técnicas. Cuando le tocó el turno a Sofía, se tomó su tiempo. Se acomodó el vestido, miró a Santa directamente a los ojos y habló con la seriedad que solo los niños pueden invocar.

Mamá y Papá estaban un poco más lejos, fingiendo mirar los adornos mientras evitaban el contacto visual. Yo logré acercarme lo suficiente para oír el intercambio.

Santa, con su voz profunda, preguntó: "¿Y qué quiere la hermosa Sofía esta Navidad?"

Sofía no dudó. "Quiero que me traigas un regalo muy, muy grande. Es para Mamá y Papá."

"¿Para ellos? ¿Qué clase de regalo?"

"No es de los que se envuelven", explicó Sofía, con el ceño fruncido. "Quiero que les traigas un silencio largo y un abrazo muy apretado. Y que lo guarden para siempre."

Santa Claus se quedó en silencio por un momento, sin la sonrisa habitual. Se quitó las gafas, se aclaró la garganta y, mirando por encima del hombro de Sofía hacia nuestros padres, dijo en voz alta: "¡Es el deseo más importante que he oído en todo el día, pequeña! Haré todo lo que pueda."

Mamá y Papá se quedaron congelados. Habían escuchado todo.

En el coche, de camino a casa, el silencio que había deseado Sofía era ensordecedor. Pero esta vez, era un silencio reflexivo, no tenso. Papá rompió el hielo cuando llegamos al buzón.

"Sofía", dijo, arrodillándose para quedar a su altura. "Tu deseo de Santa... creo que es el regalo más precioso que hemos recibido."

Mamá, con lágrimas en los ojos, se acercó y, por primera vez en meses, se unieron a Papá para darle a Sofía un abrazo en grupo, tan largo y apretado que ella casi se queda sin aliento.

Esa Nochebuena, no recuerdo si recibí la videoconsola (probablemente no). Pero lo que sí recuerdo es a Mamá y a Papá decorando juntos el árbol, riendo por una bombilla fundida, y a Sofía observándolos con esa sonrisa que lo inundaba todo.

El deseo de mi hermana, ese regalo que nadie había podido pagar, fue el verdadero milagro de Navidad. Ella nos había enseñado que el mejor regalo para cualquier hogar es la paz que anida en el corazón de la familia, y que a veces, un niño de seis años es el único que puede pedirlo en voz alta.

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