El Farol Encendido
En un pueblo del interior, en lo alto de la montaña, donde la nieve cubría las calles como azúcar en polvo, vivía Don Aurelio, un anciano farolero. A pesar de que el alumbrado eléctrico ya había llegado, él seguía encendiendo un único farol antiguo, colgado en la colina que dominaba el pueblo.
Nadie sabía exactamente por qué aquel farol seguía allí.
Algunos decían que era tradición.
Otros, que Don Aurelio simplemente se negaba a abandonar su oficio.
Pero él nunca explicaba su insistencia.
La Nochebuena llegó silenciosa. El viento soplaba frío, las casas estaban iluminadas, y la iglesia preparaba la misa de medianoche. Sin embargo, ese año, una tormenta inesperada azotó las montañas. Las carreteras fueron cerradas, los árboles se doblaban por la nieve, y muchos se quedaron atrapados en sus hogares.
Bajo esa gran tormenta, una familia viajaba por la carretera antigua: una madre y dos niños pequeños. Habían salido ya caída la tarde rumbo al pueblo, y ahora la nieve comenzaba a cubrirlo todo. La madre intentó retroceder, pero el auto se atascó.
El frío se hacía insoportable.
—¿Qué vamos a hacer, mamá? —preguntó la niña con voz temblorosa.
La madre no sabía qué responder. La tormenta rugía, y la oscuridad parecía absoluta.
De pronto, entre los árboles, algo brilló:
una luz amarilla, suave, intermitente… como una estrella baja.
—Miren —susurró la madre—. Una luz.
A paso lento, cargando a su hijo más pequeño y apoyándose en su hija mayor, avanzó hacia esa iluminación misteriosa. La nieve les golpeaba el rostro, el viento los empujaba hacia atrás… pero la luz seguía allí, firme, invitándolos.
Cuando lograron salir del bosque, descubrieron que la luz provenía de un viejo farol colgado en un poste de madera, a lo alto de la colina.
Ese farol, imposible de ver desde la carretera en días normales, brillaba ahora como una llama viva, resistiendo la tormenta.
Bajo él, muy cerca, había un pequeño cobertizo usado antiguamente por pastores.
La familia entró.
Estaba frío… pero al menos los resguardaba del viento.
A los pocos minutos, escucharon pasos acompañados del crujido de la nieve.
Era Don Aurelio, envuelto en su abrigo y bufanda.
—Sabía que esta noche alguien necesitaría luz —dijo con una serenidad que parecía fuera del tiempo—. Siempre lo sé en Navidad.
Sin hacer preguntas, encendió un pequeño brasero, dio mantas a los niños y llamó a los bomberos del pueblo. En menos de media hora, una brigada abrió paso entre la nieve.
Cuando la madre quiso agradecerle, Don Aurelio sonrió:
—No me lo agradezca a mí. Yo solo enciendo la luz. Es Dios quien guía los pasos.
Al día siguiente, cuando la tormenta pasó y el sol se alzó entre las montañas, los niños pidieron visitar nuevamente el farol para despedirse de su salvador.
Subieron la colina con su madre.
Pero el farol… estaba apagado.
Y más extraño aún:
no había ni un solo rastro de huellas en la nieve, ni poste, ni lámpara… nada.
Solo un espacio vacío, como si nada hubiera estado allí.
La niña, con los ojos muy abiertos, preguntó en voz bajita:
—¿Mamá… crees que el señor Aurelio… era un ángel?
La madre no respondió.
Solo abrazó a sus hijos, mientras en lo alto del cielo una nube se abría dejando ver un rayo de sol que iluminaba justo ese punto de la colina.
Y así quedó en la memoria del pueblo el relato del farol que se encendía solo en Navidad…
y del anciano que aparecía únicamente cuando alguien necesitaba ser guiado a casa.
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