Milagro en Quito

 

La Llama Blanca en Quito

En el centro histórico de Quito, donde las calles empedradas guardan siglos de historias y las fachadas coloniales se encienden con luces doradas cada Navidad, vivía Manuel Chugchilán, un artesano indígena de 34 años que trabajaba tallando figuras de madera en un pequeño taller cerca de San Blas.

Manuel era conocido por su habilidad con las manos, pero vivía bajo una nube de preocupación: ese año la venta estaba floja, y temía no poder pagar el arriendo del taller. Aun así, cada mañana encendía una vela a la Virgen del Quinche y le pedía que lo guiara.

El 24 de diciembre amaneció despejado, con el cielo azul intenso que solo Quito puede tener. Manuel decidió llevar sus figuras a la feria navideña de la Plaza Grande, con la esperanza de vender suficiente para salvar su taller.

Mientras acomodaba sus pesebres tallados y pequeñas llamas de madera, vio algo extraño al otro extremo de la plaza: una llama real, completamente blanca, caminando entre la gente sin causar caos, como si estuviera acostumbrada a la multitud.


Lo curioso era que en Quito no era raro ver llamas en eventos, pero nunca una completamente blanca… y mucho menos en pleno centro histórico.

La llama avanzó tranquilamente, como si buscara algo.

O a alguien.

Cuando llegó frente al puesto de Manuel, se detuvo.
El artesano quedó paralizado.

—¿De dónde saliste, preciosa? —susurró.

La llama inclinó la cabeza, acercándose a sus artesanías. Con el hocico tocó una figura: un pequeño Niño Jesús tallado en cedro, con ponchito rojo y ojitos serenos, obra especial que Manuel había hecho en honor a su madre, devota del Niño de San Antonio de Ibarra.

En ese momento, una mujer elegante —turista europea por su acento— se acercó intrigada:

—¡Qué hermosa llama! ¿Es suya?

—No, señora… —respondió Manuel—. No tengo idea de dónde salió.

La mujer tomó la figura que la llama había señalado.

—¿La talló usted?
—Sí.
—La llevo —dijo sin regatear, dejando un billete grande.

Y así empezó todo.

Una familia se acercó. Luego otra. Y otra.
Cada cliente llegaba después de ver a la llama blanca, que seguía tranquila, moviéndose como un faro viviente, llamando la atención justo hacia el puesto de Manuel.

En menos de una hora, Manuel había vendido todo.
Más que en los últimos tres meses.

La llama lo miró fijamente, con esos ojos profundos y antiguos propios de los animales andinos.
Manuel, sin entender del todo, le agradeció:

—Si eres señal del Cielo… gracias por no olvidarte de mí.

La llama levantó la cabeza como en un saludo silencioso… y comenzó a caminar hacia la calle García Moreno. Manuel decidió seguirla a cierta distancia.

La gente se hacía a un lado. La llama subió lentamente hacia la Basílica del Voto Nacional, iluminada por las luces de atardecer.
Pero cuando Manuel llegó a la entrada… ya no estaba.

Solo encontró dos cosas:

Un rastro de huellas en la escalinata, que terminaban abruptamente.
Y una pequeña flor blanca andina —una chuquiragua albina, extremadamente rara— dejada sobre el último peldaño.

Manuel la recogió con reverencia. Ese día no solo salvó su taller: recuperó la fe que había estado perdiendo.

Esa noche, al regresar a su casa en San Roque, encendió una vela para la Virgen y colocó la flor junto al Niño de madera que había tallado para sí mismo. El taller prosperó después de ese día.

Y aunque nadie volvió a ver la llama completamente blanca, muchos comerciantes juraron que algo extraordinario había pasado en la Plaza Grande aquella Navidad.

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