Las Luces para la Casa del Veterano

 

Las Luces para la Casa del Veterano



La señora Elsa, una anciana de ochenta y dos años, miraba por la ventana nevada de su pequeño bungalow. Su esposo, un veterano de guerra, había fallecido el verano anterior. Él había sido el encargado oficial de la "decoración navideña" en el vecindario. Cada año, la casa de los Johnson era famosa por su despliegue de luces: hileras perfectas, guirnaldas brillantes, y un Santa Claus en el tejado que parecía volar.

Este año, la casa estaba a oscuras. No por falta de dinero, sino por falta de energía. Elsa se sentía demasiado frágil para subir una escalera o desenredar el nudos de cables. No importaba; las luces no tenían sentido sin Thomas.

A tres casas de distancia, el joven Mark, de diecisiete años, masticaba su cena con desgana. Su padre le había impuesto el castigo de pasar las vacaciones ayudando a vecinos mayores, como penitencia por reprobar Matemáticas. Mark, un adolescente gruñón y adicto a su teléfono, odiaba la idea. Odiaba la Navidad, la nieve, y especialmente, la señora Johnson, que siempre le recordaba a su abuela.

Al día siguiente, a regañadientes, Mark se presentó en la casa de Elsa. Ella le pidió que le ayudara a tirar los "viejos adornos" que su esposo guardaba en el garaje.

"Ya no valen la pena", suspiró ella.

Mientras Mark sacaba las cajas polvorientas, sus ojos recorrieron las docenas de hileras de luces perfectamente etiquetadas y los viejos muñecos de renos de madera. Recordó cómo su propio padre le había contado, de niño, que la casa de los Johnson era la más mágica del barrio.

Mark se detuvo. Miró las cajas, luego miró a la señora Elsa, que observaba las fotos de su Thomas con una tristeza profunda. Y de pronto, la idea le golpeó. No podía devolverle a Thomas, pero podía devolverle la luz.

En lugar de tirar los adornos, Mark pasó los siguientes tres días trabajando incansablemente. No para cumplir su castigo, sino porque quería hacerlo. Convocó a dos amigos de la escuela, prometiéndoles que "valdría la pena". Subieron escaleras, enfrentaron el frío y siguieron un viejo diagrama dibujado por Thomas.

La noche del 24 de diciembre, Mark llamó a la puerta de Elsa.

"¿Qué sucede, muchacho?", preguntó ella, limpiándose las gafas.

"Solo quería que mirara por la ventana, señora Johnson", dijo Mark, con una sonrisa que nunca usaba.

Elsa se acercó lentamente al cristal y, al mirar hacia su propio jardín, ahogó un grito. Su casa estaba, de nuevo, encendida. No solo encendida, sino más espectacular que nunca. Las luces centelleaban como estrellas fugaces, y el viejo Santa en el tejado parecía guiñarle un ojo.

"Mark... yo... no sé qué decir. Pensé que las ibas a tirar."

"No son solo luces, señora", dijo Mark, sintiendo un extraño calor en el pecho que nada tenía que ver con el esfuerzo físico. "Son el espíritu de Thomas. La gente lo extraña. El vecindario extraña su magia."

Elsa lo abrazó, sollozando de alegría. "Este es el mejor regalo, Mark. Me has devuelto la Navidad."

Mark regresó a casa esa noche y, por primera vez, no odiaba la Navidad. De hecho, sintió que había pasado las mejores vacaciones de su vida, y las Matemáticas de repente le parecieron un problema muy pequeño.

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