W. E. B. Du Bois y el alma despierta de una nación”

 “La doble mirada de la conciencia: W. E. B. Du Bois y el alma despierta de una nación”



En la quietud de una noche de estudio, cuando el murmullo del mundo parecía apagarse, W. E. B. Du Bois se inclinaba sobre su escritorio como quien se asoma a un abismo. No era un abismo de miedo, sino de conciencia. Allí, entre libros, cartas y estadísticas, comprendía que la historia no se escribe sola: alguien debe interrogarla, desafiarla, obligarla a decir la verdad.

Desde muy joven había aprendido a ver con una doble mirada. Una era la suya, íntima y humana; la otra, la que la sociedad le imponía por el color de su piel. A esa tensión la llamaría más tarde “doble conciencia”, no como una queja, sino como un diagnóstico profundo de una nación que proclamaba libertad mientras negaba igualdad. Du Bois no aceptó nunca que esa contradicción fuera normal.

Caminó universidades y ciudades con la determinación de quien sabe que el conocimiento también es una forma de resistencia. Para él, los números no eran fríos: eran pruebas. Cada gráfico, cada estudio social, cada ensayo tenía un propósito moral. Mostrar que la pobreza, la exclusión y la segregación no eran defectos de las personas negras, sino consecuencias de un sistema construido para marginarlas.

Mientras otros pedían paciencia, Du Bois pedía justicia. No mañana, no gradualmente, sino ahora. Creía que una élite educada debía asumir la responsabilidad de elevar a toda la comunidad, no por vanidad, sino por deber histórico. Esa convicción lo enfrentó incluso a aliados, pero nunca lo hizo dudar. Prefería la soledad de la coherencia antes que la comodidad del silencio.

En sus escritos, el dolor se transformaba en claridad, y la indignación en propósito. Hablaba de sufrimiento, sí, pero también de belleza: de la música espiritual, de la dignidad invisible en los barrios olvidados, de la grandeza de un pueblo que sobrevivía a pesar de todo. Para Du Bois, narrar la experiencia negra en Estados Unidos no era solo un acto académico; era un acto de restitución.

Con los años, su voz se volvió más amplia, más global. Entendió que la lucha no terminaba en una frontera, que la opresión tenía muchas lenguas y banderas. Aun así, nunca abandonó la idea central que guió su vida: que una democracia que excluye es una promesa rota.

Cuando finalmente cerró los ojos al mundo, dejó algo más que libros y teorías. Dejó una conciencia despierta. Y en cada persona que se atreve a pensar críticamente, a exigir dignidad y a no conformarse con medias verdades, la obra de W. E. B. Du Bois continúa escribiéndose.

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