El Angel del Cerro Milagro de Navidad

 

El Niño en el Cerro San Cristóbal

Milagro de Navidad

Era 24 de diciembre en Santiago de Chile, y la ciudad vibraba entre el calor de la tarde, las compras a último minuto y el aroma a pan de pascua que salía de las panaderías. Las luces navideñas comenzaban a encenderse en Providencia, mientras familias enteras cargaban bolsas rumbo a sus casas para preparar la cena.

En medio del ajetreo, Camila Rojas, una paramédica de 28 años, terminaba su turno en la posta. Había sido un día difícil: accidentes, casos de emergencia… y una tristeza que ella misma no lograba sacudirse. Era su primera Navidad sin su hermano mayor, fallecido aquel invierno en un accidente automovilístico en Valparaíso.

La ciudad estaba llena de ruido, pero ella sentía un silencio doloroso por dentro.

Para despejarse, decidió subir un rato al Cerro San Cristóbal antes de ir a casa. Tomó el funicular, respirando el viento tibio de la tarde que comenzaba a oscurecer. Al llegar arriba, vio el enorme Santuario de la Inmaculada Concepción iluminado suavemente.

Y allí, sentado en una banca frente a la imagen de la Virgen, estaba un niño pequeño, de unos nueve años. Llevaba una mochila en los pies y abrazaba una manta del Hombre Araña. Estaba solo.

Camila se acercó.

—Hola… ¿estás bien? ¿Dónde están tus papás?

El niño levantó el rostro. Tenía ojos grandes, llenos de angustia.

—Me perdí —dijo en voz baja—. Veníamos a ver a la Virgencita… pero me separé de mi mamá en la multitud cuando bajamos del teleférico.

Camila sintió un vuelco en el pecho.

—Tranquilo. Vamos a encontrarlos. ¿Cómo te llamas?

Benjamín.

Camila tomó su mano. Caminaron juntos por el sendero, preguntando a las personas y revisando los alrededores, pero nadie había visto a una mujer buscándolo.

La noche comenzaba a caer, y las luces de la ciudad brillaban abajo como un manto de estrellas invertido.

—Mi mamá siempre dice que la Virgencita no abandona a nadie en Navidad —murmuró Benjamín.

Camila sintió un temblor en el corazón. Su hermano decía exactamente lo mismo.

Se detuvieron frente al Santuario. Camila, sin ser muy religiosa, cerró los ojos y pidió, casi en susurro:

"Ayúdame a encontrar a su mamá… y ayúdame a encontrar paz también."

En ese momento, una brisa fresca recorrió el cerro.
El viento trajo un aroma dulce, como a flores de azahar… el mismo aroma que su hermano solía llevar cuando usaba su perfume favorito.

Benjamín tiró suavemente del brazo de Camila.

—Mira.

En lo alto de la escalinata del Santuario, una mujer corría desesperada, llorando. Era la madre del niño.

—¡Benjamín! ¡Hijo, por favor…!

El niño soltó la mano de Camila y corrió hacia ella.
Se abrazaron con una fuerza que parecía juntar todas las piezas rotas.

—Gracias… gracias… —repetía la madre entre lágrimas, mirando a Camila—. No sé cómo agradecerte.

Camila sonrió, pero sus ojos se llenaron de lágrimas cuando sintió, detrás de sí, una presencia suave… como una mano invisible descansando en su hombro.

Se giró, pero no había nadie.

Solo el viento del cerro.
Y la estatua de la Virgen, brillando sobre ellos, como si bajara una bendición silenciosa.

Benjamín volvió a mirar hacia Camila.

—Mi mamá dice que los ángeles existen… y yo creo que tú eres uno.

Camila se arrodilló y lo abrazó.

—No, pequeñito… yo creo que fue tu ángel el que nos guió.

Y cuando bajó del cerro rumbo a su casa, la brisa volvió a soplar.
Esta vez no dolía.
Traía paz.

Por primera vez en meses, Camila sintió que su hermano seguía con ella…
solo que ahora, caminando desde el cielo.



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